sábado, 30 de junio de 2007

Crónica de un encuentro filosófico informal



¿DOS ESCUELAS?
Una conversación entre alumnos de Filosofía de San Marcos y la Universidad Católica muestra que no todo está dicho.



Yo creía que reunirnos iba a ser una tarea ardua. Pensaba que los estudiantes de Filosofía de la Católica y San Marcos éramos demasiado diferentes como para ser amistosos, que no íbamos a poder escapar a la identificación con dos bandos contrapuestos. A propósito de la polémica provocada por el filósofo argentino Mario Bunge, hubo quienes afirmaron que mientras que en la Católica se le cuestionaba, en cambio se le defendía en San Marcos. La idea de juntarnos era para explorar si nuestra condición de estudiantes de Filosofía nos hacía ver las cosas de modo diferente. Asimismo, para establecer si nos adheríamos a las posiciones que habían hecho públicas algunos de nuestros profesores. Mis reservas iniciales se disipan rápidamente. Mi propuesta es acogida con entusiasmo. Hay mucho interés en saber en qué está cada uno. La conversación resultará muy provechosa.
Sentados en el patio del segundo piso de la Facultad de Letras de San Marcos, esta tarde asisto a algo poco común: la reunión de dos grupos que aunque saben algo acerca de lo que cada uno hace, generalmente no se comunican. Todos los rostros expresan interés. Y aunque algunos no hablan mucho, otros no dudamos en expresar nuestra curiosidad. Aunque sólo somos unos cuantos representantes de cada universidad, saldrán a relucir cosas importantes.
La idea es dejar de lado la figura de Mario Bunge para centrarnos en los problemas que, según algunos, se derivan de su posición. Sus críticos han calificado de cientificista la visión del conocimiento que tiene y han advertido sobre sus consecuencias. En cambio, sus defensores rechazan esa caracterización y aducen que proviene de una mala interpretación de su pensamiento. Pero tal vez porque al querer dejarlo de lado lo he mencionado demasiadas veces, y porque finalmente sí hay cuestiones importantes en cuanto a la manera como ha sido tratado a lo largo del debate, la discusión empieza centrada en Bunge. Es, al parecer, inevitable.
Lo primero es aclarar lo que realmente pertenece al pensamiento de ese filósofo, sobre el que pesa la acusación -ya no sólo la sospecha- de estar enrolado en las filas del Positivismo. Los sanmarquinos, que vienen preparados más bien para una discusión de corte académico, toman la palabra. «La idea del hombre como un factor lógico (típico del positivismo) no está presente en la propuesta bungeana. Para Bunge las subjetividades constituyen parte de un discurso distinto, al que denomina el lado incierto, y al cual el método científico no logra abarcar», adelanta uno de ellos.
Otros colegas suyos coinciden con él en cuanto a que el ámbito de lo subjetivo tiene para Bunge un discurso propio, distinto al de la ciencia. Su validez, a diferencia de esta última, no radicaría en su capacidad predictiva, sino en otros elementos. Uno de estos sería, por ejemplo, la capacidad de proporcionar a los hombres criterios para escoger sus valores morales.
El pensamiento de Bunge ha sido asociado al Positivismo Lógico. Pues bien, lo que para los sanmarquinos diferenciaría a Bunge de los positivistas lógicos es que para aquél la verdad de un enunciado no radica en la posibilidad de ser verificado empíricamente. En este punto de la reunión sólo los sanmarquinos hablan de la posición de Bunge. Esto se explica porque en San Marcos la currícula de filosofía incluye la lectura de sus escritos. En la Católica, no. Lo que en ellos podría parecer una defensa de Bunge no proviene tanto de una aceptación de éste, como de un rechazo a lo que se le ha atribuido. Tratando de explicarse por qué se había dicho entonces que Bunge es un positivista -y siguiendo en esto lo que algunos han denominado su formación hermenéutica-, un alumno de la Católica se pregunta qué concepción de la ciencia es la que éste maneja. «La razón de esta pregunta es que la división entre ciencia y no-ciencia hecha por los positivistas no logra captar lo que Husserl llamó “el mundo de la vida”», agrega.
La crítica husserliana estuvo dirigida en su momento a la idea de que una concepción como la positivista -que sostenía que el método científico, por ser riguroso y exacto, debía ser extendido a todos los campos- estaba llevando a dejar de lado el discurso acerca del hombre-involucrado-con-el-mundo. En la visión positivista, como el método científico no puede ser aplicado a este tipo de problemas, estos son considerados carentes de sentido e incapaces de proporcionar conocimiento alguno. Bunge rechaza una idea tan estrecha de la verdad, aunque esto no permite afirmar que su posición frente a ella sea la misma que la de Husserl. «Justamente, la crítica de Bunge a la microeconomía está dirigida a que ésta trata al hombre como una mera variable estadística, sin tomar en cuenta que hay miles de elementos subjetivos que la hacen demasiado imprecisa», dice el de la Católica.
Lo que plantea el estudiante con la pregunta sobre la concepción bungeana de la ciencia, es dónde ubicar a Bunge, puesto que éste rechaza explícitamente la postura del positivismo así como la de Husserl, aunque por momentos parece acercarse a este último. Es aquí cuando intervengo: «creo que la asociación hecha entre Bunge y el Positivismo surge cuando él habla de disciplinas rigurosas, ya que existe la tendencia a asociar los discursos llamados exactos y con una mayor capacidad predictiva, con la idea de que son superiores a otros». Un sanmarquino aclara que, según Bunge, se trata simplemente de discursos distintos que constituyen esferas diferentes, aunque interconectadas, de la realidad. «Lo que él denomina charlatanería -dice, corrigiendo lo que muchos de los críticos de Bunge parecen haber entendido mal-, es lo que se da cuando uno de esos discursos pretende enjuiciar a otro usando para ello su propio lenguaje y transgrediendo así los límites de éste».
Hecha esta aclaración ambos grupos llegamos a un primer acuerdo. «Si es así, no hay problema», parecen decir unos y otros, aunque algunas miradas reflejan un cierto aire de insatisfacción. Los de la Católica parecemos preguntarnos si lo dicho no es sólo una interpretación generosa de los sanmarquinos, pero, en un primer acto de diplomacia, simplemente asentimos. Los dos grupos establecemos así que la identificación entre Bunge y el Positivismo Lógico se da tal vez porque él propone que el discurso filosófico debería quedar restringido al campo de la Epistemología, de la Lógica, analizando las distintas aplicaciones que éstas pueden tener. En este punto estamos nuevamente de acuerdo en considerar que la actividad filosófica tiene alcances mucho más amplios. «Al querer hacer una filosofía científica Bunge pasa por alto que la Epistemología es sólo una de las aplicaciones del discurso filosófico», resume un sanmarquino.
Finalmente, logramos dejar de lado al filósofo de la discordia (Bunge), para pasar a hablar de las implicaciones de una defensa cerrada del cientificismo. Si algo o alguien se hace acreedor a una condena en este pequeño cónclave informal es precisamente el Positivismo o Cientificismo, cuya estrecha concepción de la verdad y del conocimiento es objeto del rechazo unánime de quienes estamos reunidos. Los sanmarquinos niegan cualquier identificación con esa postura -a la que algunos los vinculan-, alegando que «ese lado monstruoso de la ciencia, que trata de abarcarlo todo, es algo que en San Marcos se critica mucho. Lo peor de un discurso como ese es que desprecia aquello que no puede abarcar». En la actualidad, la defensa del cientificismo se traduce como una apología del neoliberalismo en el campo social, que deja como saldo la imagen de que el hombre es mejor cuánto más competente se muestre dentro del sistema. Es el dominio de la técnica lo que posibilita esto. Así, la felicidad en la vida del hombre estaría determinada por su reconocimiento dentro del sistema, en base a los criterios antes mencionados.
Por último, tocamos el tema de las diferencias en cuanto a la forma de estudiar filosofía en la Católica y en San Marcos, que es lo que ha llevado a que algunos identifiquen a esas universidades con las corrientes hermenéutica y analítica, respectivamente. Ambas partes rechazamos esas etiquetas como una simplificación. La diferencia es otra: mientras en San Marcos se privilegia el estudio de la historia de las ideas latinoamericanas y sobre todo peruanas, la Católica se centra en el estudio de los autores clásicos y, en particular, foráneos. «Incluso en el extranjero, si a uno lo invitan, va a ser para que hable de lo que le es propio», justifican los sanmarquinos. «Es muy importante marcar la propia postura estableciendo las diferencias que ésta tiene frente a las pautas más importantes, por lo cual es fundamental conocer esas pautas», precisamos los de la Católica.
Nuevamente, ambas posiciones no se muestran excluyentes entre sí, pero creo que detrás de las sonrisas cada grupo tiene una defensa más fuerte de su postura. El problema que se me presenta al hacer la crónica de este encuentro entre estudiantes de filosofía, es que de ambos lados nos hemos mostrado tal vez demasiado conciliadores. La discusión se ha movido un poco en el nivel de lo “políticamente correcto”, sin arriesgar posiciones más francas ni tocar a fondo temas importantes, aferrándonos tal vez a aquellos puntos en los que se piensa lo mismo. Lo que me parece una muestra de excesiva diplomacia es posiblemente el producto de un primer encuentro, y no se trata de barras de fútbol, sino de estudiantes de filosofía. Puede ser también una muestra del deseo de que esto no se quede en una iniciativa aislada, sino que sea el primer paso hacia algo que se debería convertir en una constante entre los estudiantes universitarios. Y lo digo porque a lo largo del encuentro vi rostros ávidos de conversar. Espero no ser demasiado dura, pero tanto acuerdo me parece sospechoso. Además, si todo fuera tan bonito y tan fácil, ¿para qué seguir dialogando? (M.B.)



María Balarín


REVISTA QUEHACER 102, REVISTA BIMESTRAL DEL CENTRO DE ESTUDIOS Y PROMOCIÓN DEL DESARROLLO - DESCO, Págs. (69 - 72)

Galileo y el cambio de paradigma conceptual


En mi escrito “Galileo y el cambio de paradigma conceptual” explicaré el proceso intelectual de Galileo (1564-1642) desde dos aspectos: el aspecto histórico y el aspecto estrictamente filosófico.

ASPECTO HISTÓRICO:

Primero, cuando Galileo ingresa en 1581 a estudiar en la universidad de Pisa, su primer influjo intelectual fue Arquímedes. En sus escritos llega a designarlo como el divino, el sobrehumano, el inimitable. Arquímedes ejerció poderosa influencia en Galileo, pero no a través de la geometría o de la matemática pura, sino a través de los principios físicos pro­puestos por aquel griego. Galileo asimiló aquel proceso que implicaba partir de principios intuitivos y a través de procedimientos matemáticos (desarrollados con todo rigor lógico) obtener leyes naturales. Sin embargo, Galileo se separa de Arquímedes en que no trata de obtener una ley en el campo ideal de la matemática, sino en el campo real de la naturaleza, y de ahí la necesidad de su comprobación en tal mundo real. Es decir, complementa el modelo matemático de Arquímedes con su método experimental. Conduciéndolo a uno de los prin­cipios básicos de la física actual: el poder de la matemática como herramienta indispensable en la investigación de las leyes naturales.

Segundo, en esta época la ciencia y la filosofía estaban bajo el influjo de Platón y de los peripatéticos (aquellos seguidores de la filosofía aristotélica). Además la astrología tenía aceptación en todas las clases sociales. En astronomía, la Iglesia Católica defendía dos con­cepciones astronómicas distintas: a) la teoría de Aristóteles de las 34 esferas concéntricas, la cual es un sistema matemático (geometro-cinemático) sin realidad física alguna, que era una modificación del sistema astronómico anterior (platónico-pitagórico). b) la teoría de Ptolo­meo, la cual afirma que la tierra está fija e inmóvil y que los demás cuerpos celestes giran a su alrededor. En cambio, la teoría de Copérnico es sólo aprobada en tanto hipótesis para “salvar las apariencias”. Esta teoría heliocéntrica de Copérnico afirmaba que el Sol está en el centro, fijo y que los demás cuerpos celestes giran a su alrededor. Por eso en 1597, Gali­leo al igual que Kepler (contemporáneo de él) muestran su adhesión a la teoría heliocéntrica. Porque para Galileo la teoría de Copérnico le permite explicar muchos fenómenos de la naturaleza, que las otras teorías no podían hacer (la de Aristóteles y Ptolomeo). A saber, Galileo encontró en Copérnico el sustento teórico para afirmar que la astronomía no trata de “salvar fenómenos” sino de explicar hechos y realidades.
Tercero, en agosto de 1597 Galileo muestra su adhesión a la teoría de Kepler. Esta teoría confirma y refuerza la teoría Copérnico. Porque para explicar las distancias entre las órbitas planetarias (órbitas que se consideraban circulares erróneamente) pro­puestas por Copérnico. Kepler planteó que el Sol ejerce una fuerza que disminuye de forma inversamente proporcional a la distancia e impulsa a los planetas alrededor de sus órbitas. Que luego Kepler explica en su libro “Astronomía nova” (1609) como la pri­mera ley del movimiento planetario: los planetas giran en órbitas elípticas alrededor del Sol y no circularmente.
Cuarto, Galileo en su libro “Dialogo sopra i due massimi sistemi mondo” (1632) defiende la teoría de Copérnico a través de su personaje Sagredo y refuta la concepción de Aristóteles, acerca de la distinción entre el mundo sublunar y el mundo celeste. Confirmándolo rotundamente con sus observaciones astronómicas a través del telescopio. Porque afirma que la tierra es un cuerpo como cualquier otro en el universo: sometida a movimiento alrededor del Sol. Esto produjo el ataque de la Iglesia Católica que en 1633 prohibió el “Dialogo sopra i due massimi sistemi mondo” y censuro las doctrinas de Galileo respecto a la estabilidad del Sol y el movimiento de la tierra.
Por último, durante el proceso que le abrió la Inquisición Galileo refuta inteligentemente las escrituras de la Iglesia Católica. Afirma lo siguiente: A) lo divino nos ha dotado de razón para conocer el universo a través de la astronomía, de la cual muy pocos datos traen las escrituras. B) las escrituras no mienten ni admiten replica en materias de salvación y de fe. Pero sus intérpretes pueden errar. C) las escrituras como están escritas para el vulgo en lenguaje metafórico se adaptan a las creencias comunes, pero no a las científicas. Por tanto, es mejor atenerse a los hechos verificados por la ciencia natural. D) las escrituras son buenas respecto a la fe, pero no en la ciencia. Porque en ciencia son mejores (superiores a las escrituras) la geometría y la aritmética. Y E) las verdades divinas fruto de la autoridad no pueden ser objeto de ciencia, sino las leyes naturales producto de la razón.

ASPECTO FILOSÓFICO:

Primero, Galileo estaba en contra de los seguidores de Aristóteles (los peripatéticos). Porque aquellos consideraban el testimonio de Aristóteles como irrefutable e indiscutible, sin necesidad de verificarlo con la experiencia. Asimismo, estaba en contra de la opinión general que podían tener varios individuos respecto a un determinado hecho sin basarse en la experiencia ni en la observación. Así pues, la observación, la experiencia y la verificación son pasos necesarios para obtener conocimiento científico coherente con la naturaleza.

Segundo, para Galileo “la filosofía está escrita en este grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos: el universo. Pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lengua y conocer los caracteres en los cuales está escrito. Este libro está escrito en lengua matemática, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es totalmente imposible entender humanamente una palabra, y sin las cuales nos agitamos vanamente en un oscuro laberinto.”(1) Por eso la recopilación de los datos se da a través de una cierta ordenación, que es dada por la razón matemática, en la cual están fundadas las relaciones legales (leyes científicas) de los fenómenos.

Tercero, Galileo distingue las características propias de los cuerpos de aquellas que pertenecen sólo a nuestros órganos sensitivos. Estas características cuantitativas e inseparables de los cuerpos materiales son la cantidad, la figura, la magnitud, el lugar, el tiempo, el movimiento, el reposo, el contacto, la distancia y el número. En cambio los sabores, olores, colores y sonidos son características propias de nuestros órganos sensibles. De modo que, suprimido nuestros órganos sensitivos estas características subjetivas quedan eliminadas y anuladas. En esta necesidad de superar la apariencia sensible de lo puramente cuantitativo, cuyo horizonte está determinado por lo mensurable, emerge como el único conocimiento objetivo, verdadero y coherente con la naturaleza.

Cuarto, su método es a la vez inductivo y deductivo (compositivo y resolutivo respectivamente). El primero reduce a una forma legal (ley científica), a una fórmula matemática, los diversos hechos observados; en cambio el segundo deduce de la ley general los mismos hechos contenidos en aquella ley. Y ambos métodos se complementan para verificar experimentalmente (bajo el dominio de la matemática) las hipótesis.

Por último, respecto a nuestro entendimiento, en cuanto al modo y a la multitud de las cosas entendidas, es en infinita medida superado por el divino. El intelecto divino puede conocer todas las cosas con la simple aprehensión de sus esencias; en cambio el hombre sólo puede conocer pocas cosas a través de la experiencia y la verificación. Para Galileo era imposible conocer las esencias y las causas primeras o, mejor dicho, no creía que las esencias y las causas primeras fueran objetos de conocimiento científico. Y que nuestro conocimiento debe limitarse al campo de los fenómenos (esto es a determinar las características y accidentes de los cuerpos materiales). Porque la ciencia de la naturaleza no puede formarse mediante hipótesis no sometibles a la verificación experimental.

CONCLUSIÓN:

En este proceso Galileo establece una nueva visión de la naturaleza. Porque supera la limitada concepción teológica y metafísica para pasar a una concepción estrictamente científica y experimental. A saber, supera el paradigma conceptual medieval por el paradigma conceptual de la filosofía natural moderna.


Luis Carrera Honores

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Nota 1: “il saggiatore”, Galileo. Florencia, G.Barbera Editore, 1864.59 y 60 págs. Traducción de José babini. El “il saggiatore” fue publicado originalmente en 1623.

viernes, 29 de junio de 2007

Proyecto de biblioteca virtual


Hace algunos años cuando pertenecí a la Junta Directiva del Centro del Estudiantes de Filosofía nos propusimos iniciar las gestiones para la constitución de una biblioteca propia. Recogiendo la experiencia de otras juntas directivas como la del CELIN, nos pusimos como plazo 2 años. Realizamos algunas actividades económicas con el objetivo de adquirir primero las vitrinas que servirían como estantes para nuestro proyecto. Al cabo de algunas semanas logramos reunir el dinero suficiente y compramos un estante que aún se puede apreciar en el nuevo local de la Junta Directiva del CEF. Lamentablemente, las juntas directivas siguientes no culminaron el proyecto. Creo que todos estamos de acuerdo en que nuestra biblioteca deja mucho que desear y, con el actual presupuesto de la Facultad, poco o nada se puede hacer al respecto. Una de las metas que nos propusimos como grupo, al asumir la Junta Directiva, es la de culminar el proyecto que empezó hace un par de años. Creemos que es necesario, no sólo dedicarse a reclamar y pedir a las autoridades. Aunque todos conocemos la poca eficacia administrativa que se da en las instituciones públicas, entendemos que el presupuesto designado para el sector educación es nimio, y en tales circunstancias cualquier petitorio se convierte en la poco viable tarea de “pedirle peras al olmo” (por los pocos recursos económicos y también por la poca eficacia administrativa, la cual debemos excusar ya que son al fin y al cabo “hombres de letras”).
Desde hace algunas semanas, nos pusimos en contacto con algunos profesores de la escuela de Filosofía, con la intención de pedirles que nos facilitaran algunos libros de su bagaje académico, para de esta manera tener las fotocopias a disposición de nuestra biblioteca. Grande fue nuestra sorpresa cuando uno de ellos (prefiero no mencionar el nombre del profesor para evitar conflictos innecesarios, aunque con gusto se lo diré a la persona que crea importante conocer tal dato) se mostró renuente a poner al alcance de sus estudiantes tan codiciado tesoro.
Creo que hemos tenido suerte en juntar un grupo de amigos y compañeros de escuela, que si bien es cierto poseen las más antagónicas ideologías y perspectivas (eso ocasiona a veces debates de nunca acabar), poseen la más firme convicción de que de una u otra manera se debe mejorar el desempeño de nuestra escuela a todo nivel. Después de muchas propuestas sobre la realización de nuestro importante proyecto, los libros son en última instancia una de las herramientas esenciales de nuestra querida profesión, se propuso la creación de una biblioteca virtual. Dicho proyecto es, desde todo punto de vista, el mejor: ahorramos tiempo y dinero en estar “atesorando” buenas ediciones. La realización del proyecto, en tanto que inversión de tiempo, es mucho más efectivo. La administración de los libros es también más sencilla.
Para concretar tan novedosa propuesta, sólo debemos reunir el dinero suficiente para adquirir una computadora, que nos permita almacenar de manera segura y efectiva la información. Hemos logrado reunir cerca de 500 libros digitales en formato PDF, de las mejores casas editoriales (hemos considerado también la necesidad de contar con buenas ediciones) y de las más variadas áreas de la filosofía.
En los próximos días la Junta Directiva estará realizando actividades que nos permitan adquirir la computadora. Dicha máquina será patrimonio de nuestro gremio y quedará a disposición de futuras juntas directivas. Esperamos contar con el apoyo de todas aquellas personas que entiendan que un cambio puede ser gestionado y propuesto desde las mismas esferas estudiantiles.
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Óscar Ramírez

¿Por qué participar en el Comité Asesor?

El Comité Asesor es un órgano de gobierno universitario, su eje de acción son las escuelas profesionales, por lo tanto es la primera y más simple instancia de gobierno de la universidad. Está compuesto por cuatro docentes y dos estudiantes, los estudiantes conformamos un tercio del Comité Asesor, como lo es en todos los órganos de cogobierno. ¿De qué nos sirve participar en el Comité Asesor? Los estudiantes, al ser los que día a día observamos los deficientes resultados de nuestra escuela (problemas de la currícula, demora en entrega de syllabus o exámenes, mediocridad de docentes, inasistencias, impuntualidad, desactualización, etcétera) estamos en la capacidad de elevar nuestras quejas y propuestas a esta primera instancia de gobierno, ya sean tachas docentes, cátedras paralelas, revisión de contratos docentes, encuestas, etcétera.
Entre sus atribuciones básicas están las de evaluar el funcionamiento de la escuela, elaborar la currícula de la escuela y elevarla al Consejo de Facultad para su aprobación, proponer al consejo de facultad el otorgamiento de grados académicos y títulos profesionales, conocer y coordinar los syllabus de los cursos. (Para más información observar el Capítulo IV, artículo 105º del estatuto de la Universidad).

Ricardo Jiménez (representante de los alumnos en el Comité
Asesor de la Escuela de Filosofía)

Política universitaria



La política universitaria se ha reducido a la lucha entre un colectivo alienado y las autoridades que casi siempre menosprecian cualquier iniciativa estudiantil. Esta situación ha promovido el nacimiento de caudillos que lideran estas aparentes luchas reivindicativas y operadores políticos que trafican voluntades. Los operadores políticos forman parte de las dificultades de vivir en democracia, son la manifestación de la imperfección de nuestro aparentemente representativo sistema, los caudillos comparten esta característica con los operadores políticos,ambos son agentes residuales de la maquinaria democrática. Mi punto de vista es de estudiante y como tal se circunscribe a las preocupaciones de la óptica estudiantil. Con esa aclaración procederé a explicitar mi crítica a la forma en que se ha venido desarrollando la actividad política en el claustro universitario.
En mi análisis, considero que el operador político es menos nocivo para la actividad estudiantil que el caudillo universitario. El caudillo es un obstáculo inmanente, éste se encarga de entorpecer cualquier impulso estudiantil que no entone con sus pretensiones, a saber, obtener el reconocimiento popular a cualquier precio. El operador político por su parte, es un comerciante de conciencias que sólo aparece cuando las ánforas se usan para elegir a nuestras autoridades. Este agente es oportunista por excelencia y su derrota es inminente ante una comunidad estudiantil organizada que apueste por la participación política en la universidad. Por esta razón el operador político es un elemento advenedizo, un factor externo que estará presente allí donde una colectividad no esté dispuesta a asumir con hombría la labor política propia de la vida en sociedad. El caudillo en cambio es un enemigo inmanente del desarrollo de las auténticas fuerzas estudiantiles, éste obstaculiza las reales reivindicaciones estudiantiles que nada tienen que ver con el aumento de raciones alimenticias o con las exigencias mendicantes de un sector paupérrimo del estudiantado.
En consecuencia, nuestro esfuerzo debe estar focalizado en derrotar primero a los cau­dillos, a estos caciques estudiantiles que son mucho más perjudiciales que los mercade­res de la voluntad. Del mismo modo como la sociedad civil engendra y enfrenta a pro­letarios y burgueses, dueños estos de los medios de producción dentro de la propuesta teórica marxista, así la universidad engendra y enfrenta a estudiantes productores de conocimientos y caudillos con pretensiones gamonales, dueños de los medios de rebe­lión. Sólo venciendo a este enemigo inmanente es que podremos enfrentar, en tempo­rada electoral, a los operadores políticos que son estudiantes entregados a las vicisitudes del libre mercado. Entonces, y sólo entonces, estaremos en capacidad de participar de la autorregulación de nuestra comunidad universitaria.
En estos momentos, Letras es el último bastión del caudillismo, entendido como el gobierno de un caudillo. Lo más nefasto de este caudillismo es que ha hecho de la agra­fía una tradición, no puede pensar, y mucho menos escribir, lo que su antojadiza moti­vación le sugiere. Que esto no resulte extraño, pues el caudillaje siempre se caracterizó por su labor entorpecedora del real desarrollo de las fuerzas rebeldes, en nuestro caso, una rebeldía ante nuestra situación de estudiantes oprimidos por la ignorancia y la buro­cratización institucional a todo nivel.
Rehusémonos al acatamiento de los caprichos de los caudillos, estos pretende­rán engañarnos nombrándose a sí mismos defensores de los pobres y promotores de una cultura democrática. Digámosle no a las arremetidas de quienes otorgan el epíteto de “derecha reaccionaria” a quienes no sintonizan con sus propuestas mesiánicas. De no hacerlo, no habrá posibilidad de quejarnos de la universidad y su dinámica, no podría­mos emitir reclamo alguno si nos quedamos como observadores pasivos del desarrollo político estudiantil.
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Derreinenvernunft